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Una puerta que Dios decidió abrir

Aun después de caminar con Jesús, Pedro seguía siendo un judío observante, amaba las escrituras, guardaba las tradiciones y tenía bien definidas las fronteras entre lo puro y lo impuro, su fe era sincera, pero todavía estaba moldeada por límites culturales profundamente arraigados, y fue precisamente ahí donde Dios decidió intervenir.


Lucas indico en Hechos 9:43 que Pedro se estaba alojando en casa de un curtidor, este hombre solia tocar cadaveres y por lo tanto era ceremonialmente impuro ante los Judios, dado a que Pedro alude a la comida, no se le puede acusar de hipocresia, pero tal vez si de ser selectivo, la idea es que Cristo estaba aceptandonos en el nuevo pacto sin colocarnos primero bajo el antiguo, y de esta forma a Pedro se le estaba mostrando de un modo poderoso la voluntad de Dios.


Mientras Pedro oraba, cayó en un extasis (trance) y vio algo que desafiaba todo lo que había aprendido, una sábana descendía del cielo llena de animales que la ley consideraba impuros, para cualquier judío fiel, aquello era inconcebible, pero la voz que escuchó fue clara y directa… “No llames impuro a lo que Dios ha hecho limpio.” No fue una visión cómoda, fue una confrontación amorosa.


Pedro quedó desconcertado, y ese desconcierto era necesario, porque cuando el Espíritu Santo está haciendo algo nuevo, muchas veces primero sacude nuestras categorías religiosas y costumbres arraigadas, Dios no estaba hablando de comida, estaba hablando de personas, estaba preparando el corazón de Pedro para una puerta que estaba a punto de abrirse.


Poco después, tres hombres gentiles llegaron a la puerta de Pedro, venían de parte de Cornelio, un oficial romano, un encuentro impensable años atrás, sin embargo, Pedro obedeció, caminó treinta millas hacia Cesarea, cruzando una barrera que por generaciones había separado a judíos y gentiles, al llegar, encontró una casa llena de extranjeros, y ahí comprendió algo que cambiaría la historia de la iglesia.


Pedro declaró con humildad y claridad: “Ahora entiendo que Dios no hace acepción de personas.” En ese momento, el libro de los Hechos da un giro decisivo, el mensaje seguía siendo el mismo evangelio de siempre, pero ahora se proclamaba a una audiencia distinta, el perdón, la gracia y el Espíritu Santo no estaban reservados para un solo pueblo, eran para todos los que creyeran.


Mientras Pedro hablaba, el Espíritu Santo descendió sobre aquellos gentiles, no hubo imposición de manos ni ritual previo, Dios mismo confirmó que la puerta estaba abierta, lo que Pedro estaba presenciando no era una excepción, era el inicio de una nueva etapa una etapa que marcaria el rumbo de la historia, el evangelio había derribado los muros de separación que durante años la religiosidad habia levnatado con gran dureza.


Este es el mismo Pedro que un día lanzó las redes al otro lado del bote por obediencia a Jesús, el mismo a quien Cristo le confió las llaves del Reino, en la casa de Cornelio, Pedro usó esas llaves, y al hacerlo, una puerta ancha se abrió para las todas las naciones.


Hechos 10 nos recuerda que Dios siempre va un paso delante de nosotros, que muchas veces Él abre puertas antes de que estemos completamente listos, que el Espíritu Santo no se ajusta a nuestros prejuicios ni a nuestras comodidades, Él nos invita a crecer, a obedecer y a caminar donde antes no habríamos ido, en sitios impensables para nosotros.


Como iglesia, este capítulo nos confronta y nos anima, nos llama a examinar nuestros límites, nuestros temores y nuestras barreras culturales, nos recuerda que el evangelio no pertenece a un grupo, a una cultura o a una tradición, sino a todos los que en Jesús creen.


Porque cuando Dios abre una puerta,

nadie puede cerrarla.

Y cuando el Espíritu Santo se mueve,

la iglesia está llamada a seguirlo.


“Ahora comprendo que Dios no hace acepción de personas.”

— Hechos 10:34


 
 
 

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