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Cuando el evangelio entra en la conversación


El evangelio no nació para quedarse en espacios cerrados ni para hablar solo entre convencidos, desde el principio, Dios lo diseñó para entrar en la conversación pública, para caminar por las rutas donde circulan ideas, culturas y visiones del mundo. En Hechos 17, vemos a Pablo llevado a lugares que no estaban en su agenda inicial, pero sí en el corazón de Dios. A través de caminos estratégicos, ciudades influyentes y centros intelectuales, el Espíritu Santo llevó el mensaje de Cristo al centro del pensamiento y del debate de su tiempo.


Pablo probablemente nunca imaginó que terminaría en Grecia. Sin embargo, allí lo encontramos recorriendo la Vía Egnatia, una de las carreteras más importantes del Imperio Romano, no era solo una vía comercial, sino una arteria cultural por donde transitaban ideas, poder e influencia, en Tesalónica, capital de Macedonia, Pablo y su equipo plantaron una iglesia en medio de una oposición intensa, hubo disturbios, acusaciones y persecución, pero el evangelio echó raíces profundas. Años después, Pablo escribiría con orgullo que desde esa iglesia el mensaje del Señor se ha proclamado. La resistencia no debilitó a la iglesia, la fortaleció.


Cuando la violencia aumentó, Pablo fue enviado a Berea, allí encontró personas con una disposición distinta, gente que escuchaba con atención y examinaba las Escrituras para confirmar lo que se les enseñaba, el evangelio no solo confronta corazones, también honra la mente. Pero incluso en Berea, la oposición llegó, y Pablo tuvo que seguir avanzando.

Finalmente, fue escoltado a Atenas.


Atenas era el centro intelectual del mundo griego, una ciudad saturada de ídolos, filosofía y debate constante, estatuas por todas partes, ideas por doquier, para un antiguo fariseo como Pablo, aquello pudo haber provocado indignación o rechazo. Sin embargo, su reacción fue distinta. Pablo no habló con ira ni con superioridad espiritual; habló con discernimiento.


Observó la cultura, escuchó sus preguntas y encontró un punto de conexión, vio un altar dedicado “al dios desconocido” y lo usó como punto de partida, no citó la Ley ni a los profetas, porque su audiencia no compartía ese marco de referencia, en su lugar, citó a poetas griegos y presentó a un Dios cercano, creador y misericordioso, que no está lejos de ninguno y que llama a todos al arrepentimiento.


El mensaje produjo tres reacciones claras, algunos se burlaron, otros decidieron postergar cualquier decisión, pero hubo quienes creyeron, esto no sorprendió a Pablo, Jesús ya había enseñado que no toda semilla daría fruto inmediato. Pablo no midió el éxito por la aprobación pública, sino por la fidelidad al mensaje, sembró el evangelio en un terreno intelectual y hostil, y aun así hubo cosecha.


Hechos 17 nos confronta como iglesia hoy, vivimos rodeados de ideas, ideologías, “altares modernos” y verdades parciales, el llamado no es aislarnos ni diluir el mensaje, sino llevar el evangelio al centro de la conversación con sabiduría, humildad y valentía, no para adaptarlo a la cultura, sino para anunciar que el Dios que muchos buscan sin conocer… ya se ha revelado en Jesucristo.


El evangelio no pierde poder cuando entra en la cultura; revela su poder cuando se comunica con verdad y amor. Como Pablo, estamos llamados a caminar por las vías principales de nuestra sociedad "educación, trabajo, arte, pensamiento y relaciones" y proclamar que en Cristo hay vida, sentido y esperanza.


Porque cuando el evangelio entra en la conversación,

la verdad se hace audible,

la gracia se vuelve visible,

y algunos corazones, aunque pocos, responden.


“Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos.”

— Hechos 17:28

 
 
 

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