Lo que la religión no puede sanar
- IglesiaElRedentor

- 3 ene
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Actualizado: 5 ene

Lucas no nos dice el nombre del hombre cojo que se sentaba todos los días a la puerta del templo. Tenía un nombre, una historia y una vida marcada por la espera. Pero para la mayoría era solo “el cojo”. Parte del paisaje, alguien al que se le podía dar una moneda, pero no una mirada. Un problema permanente al que todos se habían acostumbrado.
Lo más triste no es que estuviera allí, sino que estuviera allí todos los días, tan cerca del templo, sin experimentar transformación. Escuchaba oraciones, veía sacrificios, observaba rituales… pero la religión no pudo sanarlo. Estar cerca de Dios no siempre significa haber sido tocado por Él.
Pentecostés lo cambió todo.
Después de ser llenos del Espíritu Santo, Pedro y Juan ya no caminaban solo hacia una reunión de oración; caminaban sensibles a la voz de Dios. Y cuando el Espíritu guía, incluso los planes más santos a nuestra vista pueden ser interrumpidos. En el camino, se detuvieron. No pasaron de largo. No ofrecieron lo habitual. Ofrecieron lo que habían recibido.
“Lo que tengo, eso te doy.”
No le dieron lo que siempre había recibido, sino lo que nunca había experimentado: el nombre de Jesús. El hombre fue levantado, sus pies cobraron fuerza y su vida cambió en un instante. Y el milagro no fue silencioso. Caminó, saltó y alabó a Dios dentro del templo, provocando una santa conmoción.
El poder de Dios no puede ocultarse.
Ese milagro debió ser incómodo. Incómodo para los líderes religiosos que durante años no hicieron nada por él. Incómodo para quienes habían aprendido a convivir con su condición. Incómodo porque expuso una fe que había normalizado el dolor sin transformarlo.
Pedro no permitió que el milagro lo colocara en el centro. Rechazó la admiración y señaló al único digno de gloria: Jesús. La sanidad no vino por virtud humana, sino por la fe en Su nombre. El poder no estaba en los hombres, sino en Cristo.
Y entonces Pedro habló.
No suavizó el mensaje. No evitó la confrontación. Les recordó que habían rechazado al Mesías, que habían crucificado al Autor de la vida, y los llamó al arrepentimiento. La confrontación no fue dureza, fue misericordia. Porque el amor verdadero no oculta la verdad que libera.
Este día nos confronta también a nosotros.
¿Estamos tan acostumbrados a la rutina espiritual que dejamos de esperar transformación?
¿Hemos aprendido a pasar de largo frente a necesidades que Dios quiere sanar?
¿Preferimos una fe cómoda antes que una fe que interrumpe nuestros planes?
El Espíritu Santo no solo nos llena para experimentar poder, sino para detenernos, mirar, obedecer y hablar con verdad. Una iglesia llena del Espíritu no ignora el dolor, no se gloría en los milagros, ni diluye el mensaje.
Que este tercer día nos enseñe a permitir que Dios interrumpa nuestro camino. Que aprendamos a mirar a quienes han sido invisibles por años. Y que proclamemos a Jesús con amor y valentía, aun cuando la verdad provoque una santa conmoción.
Porque cuando Jesús sana,
el silencio se rompe.
Y cuando la verdad se anuncia,
el Reino avanza.
“Por la fe en el nombre de Jesús, este hombre ha quedado sano.”
— Hechos 3:16



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