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Cuando el evangelio cruza fronteras


Hubo un tiempo en que Jesús entró en una aldea samaritana y no fue bien recibida, la reacción de Santiago y Juan fue inmediata y violenta, pidieron hacer caer fuego del cielo para destruir a aquel pueblo. Pero Jesús los detuvo con una frase que revela el corazón del Reino, “El Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas”.


Esa lección tardó en ser comprendida, pero en Hechos 8 finalmente comenzó a vivirse.


Después de la muerte de Esteban, la iglesia fue sacudida por una fuerte persecución, muchos creyentes fueron dispersados, a simple vista, parecía un retroceso. Sin embargo, lo que parecía dispersión era, en realidad, expansión, el evangelio no fue silenciado, fue sembrado en nuevos territorios.


Felipe, uno de los servidores escogidos en la iglesia primitiva, fue llevado a Samaria, un lugar evitado por los judíos, marcado por prejuicios históricos y barreras culturales. Pero el Espíritu Santo no reconoce fronteras humanas. Allí, en medio de una tierra despreciada, Dios obró con poder, multitudes escucharon el mensaje, hubo sanidades, liberaciones y un gozo profundo llenó la ciudad.


Tiempo después, Pedro y Juan llegaron para confirmar lo que Dios estaba haciendo, aquellos mismos hombres que una vez quisieron invocar fuego del juicio ahora imponían manos para que los samaritanos recibieran el Espíritu Santo, el fuego ya no era para destruir, sino para habitar.


Pero el mover de Dios también trajo desafíos, Simón, un hechicero conocido en la región, creyó y fue bautizado. Sin embargo, su corazón seguía atado al engaño, intentó comprar el poder de Dios, como si el Espíritu Santo fuera una herramienta para impresionar, Pedro lo confrontó con firmeza, dejando claro que el evangelio no puede mezclarse con ambición, manipulación ni oscuridad espiritual.


Este episodio nos recuerda que cuando el evangelio entra en nuevos lugares, también enfrenta resistencias profundas, donde hay luz, la oscuridad se manifiesta, por eso, la iglesia necesita discernimiento, santidad y dependencia constante del Espíritu Santo.


El capítulo concluye con una escena íntima y poderosa, un ángel envía a Felipe a un camino desierto, donde se encuentra con un funcionario etíope que busca entender las Escrituras, Felipe no predicó a multitudes esta vez, sino a una sola persona. Y aun así, ese encuentro tuvo impacto eterno, el hombre creyó, fue bautizado y siguió su camino lleno de gozo, tradición e historia sugieren que ese encuentro fue el inicio del evangelio en Etiopía.


Hechos 8 nos enseña que el Reino de Dios no avanza solo en grandes escenarios, avanza cuando estamos dispuestos a movernos, a cruzar barreras culturales, a obedecer instrucciones que no siempre entendemos y a confiar en que Dios usa incluso los caminos desiertos.


La persecución no detuvo a la iglesia; la empujó a cumplir su misión, y el mismo Espíritu Santo que guió a Felipe sigue guiando hoy a una iglesia que se atreve a salir, a amar sin prejuicio y a proclamar a Cristo más allá de sus límites conocidos.


Que este día nos recuerde que el evangelio no conoce fronteras, que ningún corazón está fuera del alcance de Dios y que cada paso de obediencia, por pequeño que parezca, puede cambiar la historia de una nación.


“Los que habían sido esparcidos anunciaban el evangelio por dondequiera que iban.”

— Hechos 8:4“


 
 
 

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