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Cuando el crecimiento exige madurez

El crecimiento siempre revela lo que hay dentro.
El crecimiento siempre revela lo que hay dentro.

Hechos 6 se abre con dos frases que marcan el pulso del Reino, “al multiplicarse los creyentes” y “la palabra de Dios se difundía”. La iglesia estaba viva, avanzando, expandiéndose. Dios nunca planeó una iglesia detenida, en pausa o en modo neutral. El Reino de Cristo siempre se mueve, siempre crece, siempre se extiende.


Pero el crecimiento trae desafíos.


A medida que más personas llegaban a la fe, surgieron tensiones, judíos de habla griega comenzaron a sentirse ignorados, especialmente sus viudas, en la distribución diaria de alimentos. No se trataba de un problema doctrinal, sino de algo profundamente humano, diferencias culturales, percepciones de exclusión y heridas silenciosas.


La respuesta de los apóstoles fue sabia y reveladora.


No negaron el problema.

No minimizaron la queja.

No abandonaron la oración ni la Palabra.


Entendieron que una iglesia en expansión necesita estructura, delegación y madurez espiritual. Llamaron a la congregación y establecieron nuevos líderes para atender la necesidad. El crecimiento no se sostiene solo con pasión, necesita orden.


Pero hay algo clave, no eligieron a cualquiera.


Pidieron hombres con buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, la iglesia no puede sacrificar la calidad del carácter por la cantidad de personas. Cuando Dios añade número, también demanda profundidad.


Los nombres de los elegidos eran griegos, esto no es un detalle menor, la solución no fue imponer poder, sino representar al cuerpo. El evangelio ya estaba cruzando fronteras culturales, y la iglesia aprendía a reflejar la inclusión del Reino.


Entre ellos estaba Esteban.


Esteban no solo servía mesas; estaba lleno de gracia y de poder. Predicaba con autoridad, hacía milagros y reflejaba la presencia de Dios de tal manera que, cuando fue acusado injustamente, su rostro brillaba. El crecimiento sano produce generaciones más fuertes, pero también más expuestas. El mismo fuego que ilumina, también atrae oposición.


Esteban pagará un precio alto por su fidelidad. Pero su historia nos recuerda que el verdadero liderazgo no comienza en las plataformas, sino en el servicio. Que la unción no se limita al micrófono, y que Dios confía mayor gloria a quienes son fieles en lo cotidiano.


Este día nos invita a reflexionar con honestidad:

¿Estamos preparados para crecer sin dividirnos?

¿Valoramos el servicio tanto como la predicación?

¿Entendemos que la compasión y la verdad caminan juntas?


La iglesia madura no elige entre oración y acció, abraza ambas. No predica sin amar, ni ama sin proclamar. Y cuando lo hace, la palabra de Dios sigue difundiéndose.


Porque cuando la iglesia crece con madurez,

el Reino avanza con poder.


“Y la palabra de Dios se difundía; el número de los discípulos se multiplicaba rápidamente.”

— Hechos 6:7




 
 
 

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