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Cuando el cielo irrumpe

Hay momentos en los que Dios no avisa.
Hay momentos en los que Dios no avisa.

No da horarios.

No envía adelantos.


Solo irrumpe.


Hechos capítulo 2 se abre con una de las expresiones más inquietantes y poderosas de toda la Escritura: “De repente…”. Esa palabra nos recuerda que el mover de Dios no siempre responde a nuestros tiempos ni a nuestras expectativas. El cielo no se agenda; el cielo desciende.


Los discípulos no estaban organizando un evento, ni intentando provocar una experiencia espiritual como ahora, en ese momento no había tal cosa. No había una plataforma, ni un programa, ni una estrategia. Había obediencia cosa que hoy cuesta demasiado. Había unidad, cosa que hoy muy pocas veces encontramos. Había espera esa disposición rara hoy, donde no se acelera el tiempo de Dios ni se reemplaza su promesa con actividad desesperada, esperaban juntos, y en esa quietud el cielo encontró espacio para descender. Estaban juntos, perseverando en oración, confiando en una promesa que aún no entendían del todo.


Y entonces, el cielo bajó.


El viento llenó la casa.

El fuego se posó sobre ellos.

Lenguas brotaron sin haber sido aprendidas.


Pero lo verdaderamente extraordinario no fue lo que se vio, sino lo que ocurrió dentro de ellos. Pentecostés no fue un espectáculo para observar, fue una transformación para vivir. Hombres y mujeres comunes fueron llenos de un poder que no provenía de su capacidad, sino de la presencia de Dios.


Este pasaje nos confronta con una verdad esencial para comenzar este año: Dios no llena lo que está ocupado, llena lo que está rendido dicho de otra forma cuando estamos vacíos de nosotros mismos. El Espíritu Santo llenó el lugar, pero también llenó a las personas. Porque una iglesia llena de sí misma no puede cumplir una misión que solo puede realizarse con poder de lo alto.


A menudo nos detenemos en lo sensacional del Pentecostés sin descender al fondo de su causa. Nos cautiva el estruendo del viento y el resplandor del fuego, las señales visibles que estremecen los sentidos y despiertan admiración inmediata. Miramos el momento culminante, pero rara vez habitamos el camino que lo precede. Nos atrae la intensidad, pero nos cuesta permanecer en el proceso; celebramos el fuego, aunque evitamos la espera que lo prepara.


Hay algo en nosotros, muy propio de esta generación, que desea lo repentino sin aprender a permanecer, que anhela manifestación sin formar carácter. Sin embargo, el Pentecostés no nació del ruido, sino del silencio compartido; no fue provocado por la prisa, sino gestado en la obediencia; no irrumpió en medio de la dispersión, sino en la fidelidad de quienes decidieron quedarse juntos.


Y es que el Espíritu Santo, como se revela en Hechos 2, no descendió para ser contemplado como espectáculo, sino para impulsar corazones rendidos; no vino solo a manifestarse, sino a enviar. Descendió sobre hombres y mujeres que habían aprendido primero a obedecer sin garantías, a permanecer sin señales, y a esperar sin intentar adelantar el tiempo de Dios.


Después del viento y las llamas, Pedro se puso en pie. El mismo Pedro que semanas atrás había negado a Jesús, ahora habló con valentía, con claridad y con autoridad espiritual. No habló desde la emoción del momento, sino desde una convicción profunda nacida del Espíritu. Usó las Escrituras. Proclamó a Jesús. Llamó al arrepentimiento. Y miles respondieron.


Ese es el milagro más grande de Pentecostés: un corazón transformado que ya no se esconde, una fe que ya no tiembla, una voz que ya no calla. El fuego no se quedó sobre su cabeza; descendió a su interior y lo impulsó hacia afuera.


Este segundo día nos invita a examinarnos con honestidad.

¿Buscamos experiencias espirituales… o realmente unas vidas transformadas?

¿Queremos el fuego para sentirlo… o para obedecer?

¿Anhelamos el poder del Espíritu… o la responsabilidad que viene con Él?


El Espíritu Santo no nos llena para quedarnos cómodos en el aposento alto, sino para caminar hacia un mundo que necesita escuchar el nombre de Jesús. El cielo irrumpe cuando hay corazones dispuestos, y cuando lo hace, siempre nos empuja a salir, a hablar, a amar y a servir.


Que este día nos enseñe a no conformarnos con lo espectacular, sino a rendirnos a lo eterno. Que aprendamos a esperar sin controlar, a recibir sin apropiarnos, y a responder con obediencia cuando Dios se manifiesta.


Porque cuando el cielo irrumpe,

no lo hace para entretenernos…

lo hace para enviarnos.


“Todos fueron llenos del Espíritu Santo…”

— Hechos 2:4


 
 
 

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